jueves, diciembre 09, 2010

Poema a dos lobos, salvajes como las orquídeas


Actualizo, ya que si no en cualquier momento las páginas de este cuaderno serán borradas del servidor y es que, parece mentira, pero a falta de unos días, este blog cumple ya cinco añazos. Ella y yo hace cuatro años que nos conocimos. Bien podría ser una de las últimas veces que escriba en él. Tengo aún notas apuntadas aquí y allá para escribir una extensa entrada, ya aparecerán de entre maletas aun por vaciar que guardan cuartillas y cuadernos.

De momento, en lo que nos ocupa ahora, sobre eso nada estaba escrito. Todo comienza así. La verdad es que debo a la conjunción de una vieja amiga y al encanto de que en nuestro universo no haya hecho falta que dos personas se digan continuamente que se gustan, para que lo sepan, la conquista de unos versos.

¿Qué contar sobre este poema que no haya dicho en persona ya? Que me gusta pensar que es como el jazmín que florece en silencio de noche, como en un abrazo en calma, hermoso a la manera de la luna, producto de una pasión a la que los siglos le fueron como las horas. Que ha sido, que ocurrió, como siempre quisimos que fuese, tan pequeño como una canción, bebiendo vino, matando el tiempo, echándole un pulso al destino. En definitiva, mala o buena, que es una apología orgullosa, declarada y valiente a lo casual.

La excesiva familiaridad, con el tiempo, engendra desprecio, dicen que el amor o la pasión no siempre mueren de hambre, pero sí de indigestión. Nada más bonito que el respeto entre dos soledades, léase individualidades, que se abrazan. No todo es bailar juntos bajo las estrellas sobre arena blanca cerca de antorchas encendidas y altas palmeras, a veces siento que una mujer no siempre quiere un príncipe azul (muchas se declaran abiertamente republicanas), sino un lobo feroz que se levante con un hambre feroz por las mañanas y decida comenzar con ella el desayuno, un lobo feroz que, como en el cuento de Caperucita, sea de grandes ojos para mirarla más salvajemente y mejor, que, como en el cuento, la escuche mejor. ¿Por qué si no iba a dejar comérsela Caperucita?

No suelo escribir versos estando en el tranvía, mucho menos sin un papel delante, así que es probable que necesite sus correcciones en mayor o menor medida y yo no me ocupara de ello.


P.D: Lo de no hacer público lo que ella llama “mi regalo” no es por celo de mi chavala, que, tal y como dije, sabe que soy un aficionado ferviente a ella y me apasiona ser incapaz de resistírmele. Hay que añadir que por aquel entonces rondaba y merodeaba esta dirección un gato peligroso…

Mila, mi lupita linda, espero que a ti también te guste. Todo lo que he sido y todo lo que me ha hecho ser quien soy, eres tu quien lo disfruta. Búscame esos pasajes o acabaré las navidades por Tenerife o hasta por Fuerteventura, que siempre será algo menos exótico. Por cierto, asusta lo mucho que te lo has currado, es difícil escuchar The Fountain y no pensar en ti, volveremos a ver la peli.

En otro orden de asuntos, escribí un relato para un concurso homenaje a Alberto en el que no se me dejó participar, no sé que le hubiera parecido a él, el texto se que le hubiese gustado, quizá lo haga público. Si no, sabed que ya sabéis a quienes os sigo leyendo asiduamente. Amor para todos, desde un pequeño blog al servicio de la literatura… ¿Pues cómo distinguir el mero afecto o apetito de la auténtica pasión? ¿O será que el arte eleva el apetito al nivel de la pasión? De tal forma que, como dos amantes, se vuelven indistinguibles el uno de la otra, como seguro, sé, ya habrá pensado alguna, algo romántica, escritora antes que yo.

domingo, septiembre 13, 2009

No necesariamente el fin de la injusticia a la sombra de un adiós


Siempre me ha encantado mi vida, pero no siempre ha sido como ahora. Puede que aquello otro, todo aquello, empezara en el antiguo Parque García Sanabria, hacia 1997, en el arcaico banco de piedra, siempre vacío, engullido por las irrefrenables enredaderas del desdén, donde día tras día, una vez hubiera el crepúsculo traspasado el umbral de la noche, nos sentábamos. Si había un emplazamiento mágico en Santa Cruz de Tenerife, ese era aquel, con reminiscencias del pasado en medio de un presente que en alguna ocasión nos parecía poco atractivo. Allí fue donde descubrí, o, mejor dicho, donde me asaltó la idea de que al contrario de lo que tanto me han dicho, no me considero indeleble y que, al igual que él, filosofo en las esquinas cuando no me queda otro recurso.

¿Por qué seguiré conservando en mi casa la obra de Émile Cioran sabiendo que, a su inocente modo de ver, él vivía el drama incomprendido de un hombre que en ningún momento de su vida pudo olvidar el Paraíso? Sin buscarlo, encuentro entre sus páginas a quien ahora ya no está.

Ya sabéis quien ocupa estas líneas que aquí escribo (que ni testifico como mías ni secundaría). No sería una exageración decir que prácticamente todo lo que firmó hasta el año 2006 teje la historia solitaria de un desamor tan desgarrador e inconsolable como no se ha escrito antes, la de un corazón que no la dejó marchar. Su realidad fue, siempre, el tenue mundo crepuscular de las ensoñaciones románticas (haciendo imposible encontrarle entre la tapicería de desordenadas cuartillas que se amontonaban en su coche).

Me hubiese gustado haber dado salida a aquel largo ensayo sobre su poesía, aunque aflige escribir sobre él, porque en ocasiones se me hacía, y se me hace, muy complicado abarcar su temática desde un punto de vista positivo, a la vez que intento, e intentaba, ser lo más veraz posible. Y es que hasta los textos a aquella otra, no dejan de ser una reminiscencia depurada de los que escribiera pensando en esa primera.

De no haber muerto tan pronto, solo se puede intuir que destino le aguardaba. Su muerte es el comienzo de su leyenda, de poeta enamorado de un eterno penar, que, en buena parte, había comenzado ya a circular en vida. Caminaba entre los vivos, ciertamente, pero, en más ocasiones de las que me hubiese gustado, su alma entristecida deambulaba por mundos dolientes de los cuales emergía para traernos sus textos, pedazos de su padecimiento personal, motivo suficiente para forjar una nebulosa imagen de escritor de alma inconsolable, que se concebía a sí mismo a la manera de un ángel caído que se acordase con nostalgia de los cielos. Estremece pensar que una parte de lo que hoy nos hace disfrutar de él fuese lo que acabó con su espíritu, quebrándolo.

No negaré que es momento, aún más ahora de lo que lo era en aquel instante decisivo, de prólogos a libros no escritos. Apuntado queda en algún lugar que “hay personas aparentemente normales, pero que, de una manera u otra, se ven obligadas a sufrir pequeñas e invisibles tragedias que les hacen sentirse excepcionales. Una parte de cada una de ellas, quizá, querría ser verdaderamente normal y no enfrentarse, y abrazarse, a la soledad, al dolor o a la muerte como lo hacen. Con un gran dolor, escondido o no, de alguna manera saben ver y sentir el dolor que nadie más ve y la soledad que nadie más puede adivinar”.

Su herida le latía como un segundo corazón, en ella se encontró a sí mismo, en ella se fortaleció, porque, como me dijo en una ocasión una mujer a la que guardé gran cariño, el animal viejamente herido es peligroso, pues sabe que puede sobrevivir.

viernes, abril 03, 2009

La Íntima Verdad por Francisco Ángel Montoya Sánchez


Escribe Ambrose Bierce que la noche está hecha de promesas de amistad eterna, pero que toda cosa terrestre tiene un fin, que el cambio es la única ley inmutable y eterna (si no, una legión ingente de lidias que se llaman Carolina, patricias que se llaman María y manuelas que se llaman Paula, os lo pueden corroborar).


La íntima verdad


Cuando yace desnuda, vibrante, temblorosa,
en la calidez de sus muslos redime al genio el mundo.


Quienes me conocéis bien, me llamareis narcisista, y no os equivocareis al hacerlo, pero no sólo ante mi reflejo veo grandeza, sino que también se reconocerla en quienes me rodean, y es eso lo que me convierte en tan buen amante. Ya que en un mundo donde hay tantos que se dedican a repartir pesadillas, es buen consejo agradecer a quienes nos hacen soñar, el motivo egoísta de estas líneas es procurarle algunos pocos y modestos versos a ella, una perversa y gatuna felina traviesa a la que no me importaría volver a conocer una y otra vez. Y es que si alguna vez, al mirarme con sus grandes ojos vidriosos, de cachorro, esos mismos ojos que habrán visto el alma de tantos hombres enamorados, le he dicho que es una niña mala; es a la manera en que la perla es una enfermedad de la ostra, pues guarda, en el cuerpo de una de esas exóticas pequeñas bellezas eslavas, el alma subversiva y desafiante de un viejo rockero.


Gatita mía, pantera en celo,
Así quiero sorprenderte yo al alba,
Desnuda, vulnerable y libidinosa,
Como asalta un tigre a su presa,
Sintiéndote estremecer contra mí,
Porque, con honestidad, sabes,
El amor es para los poetas;
No te amo, yo a ti te deseo.

Una caricia, un mordisco sutil,
El azote de una mano firme
Y la eternidad efímera del ahora
Se conjugan en un sueño sin ensueño
En esta suave y húmeda desnudez,
De obscuridad hecha lascivia,
Para que se junten nuestros cuerpos,
Sin negación, en honda entrega.


Miércoles, 4 de marzo de 2009.
F. Montoya.

domingo, febrero 08, 2009

El Leteo por Charles Pierre Baudelaire

Ordenando la mesa de mi escritorio he encontrado un envejecido cuaderno de viaje en el que escribía durante una de las numerosas estancias en la que para mí no dejará de ser una auténtica tierra de contrastes. En él, además de conservarse curiosas anotaciones de la obra de Diógenes Laercio, reflexiones personales sobre la región y sus gentes, analogías no muy rebuscadas con El conde Lucanor de Don Juan Manuel y apuntes sobre el Arte del buen vivir de Schopenhauer, leo sentimentalismos como el que aquí reproduzco:

Antes, hace años, me resultaba complicado escribir sobre la pasión, ahora mismo me resulta imposible hacerlo sobre todo aquello que no pueda dejarse impregnar por ella. Me despierto creyendo que estoy en África, que estás a mi lado… Y no es cierto.

Pienso en ti, mi bella tenebrosa, diosa de madera de ébano. Pienso en tu mirada inundada de las luces de Oriente, en tus apacibles ojos obscuros, que aunque negros como la noche, son más hermosos que el día.

Por muy ocupado que esté, no me olvido de ti. Confío sepas disculpar que ya no te llame muy a menudo, pese a que sigo amando escuchar tu dulce voz plagada de sonrisas. En serio, te prometo que no te olvidaré jamás.*

Me encantan las historias cerradas con un final feliz. Algunas mujeres suponen que los hombres confundimos temporal con insignificante (Ginger, si la mujer perfecta existe, seguro que tiene algo de tu espíritu). En cambio, son, estas historias, las que producen un recuerdo incorrupto, hermoso e impagable, aunque esa temporalidad pueda durar años. Y es curioso que así ocurriese en un momento en el que aleteaba en mi cabeza la idea de desarrollar un poema que no cantase del viejo tema del amor, sino que mostrase su embrujo, el engaño que entraña y los diversos artificios que maquina para poseer el alma del enamorado. En consecuencia, me pregunté, en aquel entonces, cuál sería el modelo idóneo sobre el que tejer la obra, o quizá fue la experiencia en el amor ofrecida por uno de estos espectros de la noche, ejemplar exótico de femme fatale francesa, el pretexto que me llevó a sentir la necesidad de emprender la producción de esos versos que nunca terminé, dejando la lírica para profesionales de “almas infelices” que proponían “meter barcos en botellas” (gracias, Alberto), sobretodo habiéndolo hecho tan maravillosamente bien Charles Pierre Baudelaire:


LOS DESECHOS
Poemas censurados en 1857

EL LETEO

"Ven a mi pecho, alma sorda y cruel,
Tigre adorado, monstruo de aire indolente;
Quiero enterrar mis temblorosos dedos
En la espesura de tu abundosa crin;

Sepultar mi cabeza dolorida
En tu falda colmada de perfume
Y respirar, como una ajada flor,
El relente de mi amor extinguido.

¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir!
En un sueño, como la muerte, dulce,
Estamparé mis besos sin descanso
Por tu cuerpo pulido como el cobre.

Para ahogar mis sollozos apagados,
Sólo preciso tu profundo lecho;
El poderoso olvido habita entre tus labios
Y fluye de tus besos el Leteo.

Mi destino, desde ahora mi delicia,
Como un predestinado seguiré;
Condenado inocente, mártir dócil
Cuyo fervor se acrece en el suplicio.

Para ahogar mi rencor, apuraré
El nepentes y la cicuta amada,
Del pezón delicioso que corona este seno
El cual nunca contuvo un corazón."

Charles Baudelaire (Traducción de Luis Alberto de Cuenca, 1999), 1857.

*El original está en francés y ya quienes me hayan escuchado hablar en dicha lengua sabrán lo ñoño que me pongo cuando pienso en francés. Pienso que cuando se piensa en francés uno se vuelve un poco Nerval o un poco Baudelaire.

martes, enero 27, 2009

Simplifica. Eficacia y honestidad.


Si algo funciona, ¿por qué abandonarlo? El camino perfecto solo es difícil para aquellos que eligen y escogen. El hombre que es simple y claro no escoge. Lo que es, es. Cumple con sus deberes de una forma natural. La vida o el arte nunca deben de ser ornamentación o embellecimiento.

¿Cómo pueden existir métodos y sistemas para llegar a algo que está vivo? Hacia aquello que esta estático, fijo, muerto, puede existir un camino, un sendero definido, pero no hacia aquello que está vivo. No reduzcas la realidad a una cosa estática y luego inventes métodos para alcanzarla.

No existe una enseñanza fija. Todo lo que puede proporcionarse es una medicina apropiada para una enfermedad concreta. Concentrarse exclusivamente en cualquier aspecto particular de la misma empequeñece la vida. El encerrarse en lo físico lleva al engreimiento y a la rigidez y a perder lo sutil y delicado, el limitarse a lo intelectual conduce al idealismo y a lo exótico y le falta eficacia y visión de realidad.

La especialización excesiva aumenta la debilidad. La retórica y la sofisticación no sirven. Se ha de escribir, se ha de hablar, ha de moverse directa y honestamente. El arte, las destrezas, caminan cada día. No tienen líneas ni límites definidos, tan solo aquellos que tú mismo hagas. El arte sin arte es el arte del alma en paz, como la luz de la luna reflejada en un lago profundo. El último propósito del artista es usar su actividad diaria para llegar a ser un maestro consumado de la vida y así dominar el arte de vivir.

Conócete a ti mismo. Conocerse a sí mismo es estudiarse a sí mismo en acción con otra persona. El luchador debe siempre luchar sin mirar ni atrás ni a los lados. Debe librarse de los obstáculos en su movimiento hacia delante, emocional, física o intelectualmente. No toma caminos sinuosos. Sigue una línea recta hacia el objetivo. La simplicidad es la distancia más corta entre dos puntos.

La consciencia se da sin elección, sin pretensión, sin ansiedad; en este estado de la mente existe la percepción. La percepción por sí misma resolverá todos nuestros problemas. Olvida las emociones, no forman parte de la ecuación. Dentro de un alma absolutamente libre de pensamientos y emociones, ni siquiera el tigre encuentra espacio para clavar sus garras.

La consciencia de sí mismo es el mayor obstáculo para la ejecución correcta de toda acción. Un esfuerzo correcto es realizar las acciones de tu vida a la velocidad de crucero, a la velocidad crítica constante que pueda mantenerse. Es preciso no retrasar las grandes empresas sino ejecutarlas sin dejar de contar con la parte que la fortuna tiene sobre todas las realizaciones humanas. La única manera de asegurarse de que se va a llevar a cabo algo es haciéndolo, sin dilación, al punto que pase por la mente.

Ten la idea de dominar la voluntad. Olvídate de posibles victorias y derrotas, olvídate de orgullos y de dolor. Deja que tu rival roce tu piel y tú aplastaras su carne, deja que aplaste tu carne y tú romperás sus huesos, deja que rompa tus huesos y tú tomarás su vida. No te preocupe el salir a salvo.

No te aferres a lo que tienes. Después de dominarlo, tienes que abandonarlo y encaminarte a un nivel superior. Es como la barcaza que te lleva a cruzar el rio. Una vez en la otra orilla, no la cargues en tu espalda. Simplemente sigue adelante. Si crees que algo es imposible, tu lo harás imposible. La simplicidad nos enseña a no mirar hacia atrás una vez que el curso está ya decidido.



Ivo, amigo, trae los guantes cuando vengas a verme este mes a Tenerife, que el vino lo pongo yo.

miércoles, diciembre 17, 2008

Insomnio por Francisco Ángel Montoya Sánchez




Insomnio


In Memoriam E. A. Poe.


-No debo dormir -se repetía-.

De que aquellos ojos profundos de mirada insostenible lo estaban esperando en el vacío de sus sueños, se encontraba convencido. Y esto le provocaba un sentimiento de terrible angustia.

Incluso a él, que entendía la venganza como propia de los espíritus excelentes, la tortura a la que estaba siendo sometido se le antojaba como la más cruel y desmedida de cuantas puedan ser imaginadas.

Prefería contemplar la descarnada Luna, como ojo demoníaco entre la negrura envolvente del abismo enlutado, y su palidez inmaculada cuya blancura es más siniestra que las tinieblas de lo subterráneo, a abandonarse a merced del sueño.

Muchos y muy lánguidos fueron los gemidos de las entrañas del alma que esta inquietud le arrancó, llegando a ensordecer el susurro de la soledad, asfixiando los versos de la elegía que el silencio entona. Y muchas fueron las noches que pasó sin dormir intentando entregarse a repasar viejas páginas roídas sobre historias olvidadas.

Pero grande era la pena que cubría su pensar. Sentía como sobre su cráneo descansaba el peso de toda una existencia.

Si se le hubiese preguntado, con toda seguridad hubiese respondido que esa mirada no era humana. Que se trataba más bien de negras agujas que se enterraban en las más hondas profundidades de su voluntad. O quizá mas probablemente, de un espejo entre llamas que arrancaba las imágenes más mezquinas de su ser.

Con toda seguridad hubiese respondido que esa mirada era propia de una forma de vida mucho más antigua y poderosa. Que ya era remota cuando el mundo aun era joven.

-Ella estará allí. Aguarda su momento -se decía-.

Y tras perder la cuenta de sus días de vigilia, haciendo ya horas que se le hubo extraviado en los laberintos de su consciencia la razón, la cadena de alaridos que vociferó fue tan atroz que más no lo habría sido si el abismo se hubiese abierto para liberar la angustia de los condenados. El clamor de lamentos solo fue sofocado para proferir con aterrador tono “¡Vete, vete!” mientras, dando vueltas, sacudía manotazos a su alrededor de modo, en apariencia, arbitrario.

A causa de su doliente estado, en un dinamismo marcado con un amargor y una distorsión mayores aun que los que el mármol eternizase en Laocoonte, se le tornó la expresión.

No encontrando manera alguna de aplacar la inclemente ansiedad que le mortificaba, se puso a beber hasta que la embriaguez le hubo derribado al suelo. Finalmente, y poco antes de quedarse dormido, balbuceó para sí mismo: “¡Que no haya tiniebla!”.

Su mirada se ahogó, fue a morir a los párpados de la aurora de otro mundo. Sintió, con un sentir obscuro y abismático, como se hundía en esos ojos negros hasta la entraña que tanto temía. Nada, muerte y vacío, era todo lo que acababa por ser reflejo de aquellas negras pupilas. Se tornaba en abismo todo lo que aquellos ojos contemplaban.

Saboreó amargamente su alma en la boca. Solo caída hubo después, violenta y profunda, con un caer veloz y prolongado que parecía no tener final.

Fue encontrado al par de días completamente aplastado contra el suelo, en igual forma a la que se encuentra a los que caen desde inmensas alturas. Entre cuerpo putrefacto pleno de morbidez y desecho desgarrado que hubiese hecho las veces de canapé para una gran rapaz, era su cadáver. Su olor era el del vaho sangriento de mil fúnebres festines.


“De nier ce qui est, et d’expliquer ce qui n’est pas”
Jean-Jacques Rousseau (1712-1778)


Acabose de redactar este devaneo el 9 de octubre de 2003, víspera del cumpleaños de Akina, de la que espero no pueda librarse nunca mi sombra.

F. Montoya.

jueves, agosto 28, 2008

Poesía o El Inmortal Anhelo de Inmortalidad por Francisco Ángel Montoya Sánchez


Este espacio, al que un buen día titulé El cuaderno del bibliófilo, va camino de cumplir tres años de existencia. Nació con el firme propósito de atestiguar y clasificar de modo detallado los ejemplares más antiguos de mi biblioteca. Ha sido espectador silencioso de viajes, noviazgos, devaneos y amoríos, así como de la muerte de uno de los mejores amigos, auténtico compañero de aventuras, del que aquí suscribe.

Mucho ha llovido, la foto de un servidor ha ido envejeciendo con el tiempo. También ha cambiado la prioridad de mis intereses. En la actualidad, parte del tiempo que pasaba entre libros, lo consumen otras actividades como el deporte. No me planteo, aun, substituirle el nombre a esta
bitácora que aquí leéis, aunque cualquier sugerencia sea cordialmente bienvenida.

Para la ocasión, sirviendo de aniversario, recupero unos antiguos versos que espero os sean propicios al momento.


Poesía o El Inmortal Anhelo de Inmortalidad

“Detrás del ansia de inmortalidad personal está la afirmación del yo”


Profundos zafiros negros
Que a solas con mi alma,
Noches enteras habéis vivido;
En el silencio de vuestra mirada
Quisiera eternizarme
Y prolongarme, así,
A lo inacabable del tiempo.

Del tiempo en que vida y muerte
En trágico abrazo se unan
Haré renacer el infierno de mi interior
En vosotros, ojos oceánicos,
Y es que vuestra mirada de eternidad
Es una especie nueva de mutismo,
Profunda como mil noches.


Lunes, 4 de diciembre de 2000.
F. Montoya.